BITÁCORA DE UNA QUIMERA

Un registro analógico de mis obsesiones y delirios, sueños rotos y realidades distorsionadas.
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junio 24, 2026

Registro 003: El Vértigo de la Página Cero

 El hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque no se ha creado a sí mismo, y sin embargo, por otro lado, libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace. -Jean-Paul Sartre

Hoy, el silencio de la habitación me pesa de una manera completamente diferente. Las cenizas volaron por la ventana, el aire se ha vuelto más denso, ya no hay historia, solo pasado. La libertad de la que escribía ayer en mis últimas líneas es una desorientación total, es como un silencio que se vuelve cada vez más ensordecedor porque ya no hay ruido que pueda cubrir mis próximos pasos. No es realmente un miedo al futuro lo que envuelve mi pecho, sino el lacerante vacío de la página cero; es mirar a los ojos al abismo que yo misma he provocado al incinerar los esbozos que otros habían escrito para mí y mi proyecto vital. He logrado borrar el mapa antiguo, he decidido destrozar el guion de las traiciones pasadas y lo único que queda es esta inmensidad en blanco que me inmoviliza.

Escribir la primera línea es, sin duda, la parte más complicada de todo este proceso, lo sé porque fue apenas hace unos días cuando inauguré este pequeño espacio buscando un orden que fuera capaz de justificar mi existencia frente a la pantalla. Empezar desde el subsuelo es un ejercicio a veces frustrante, te sientas frente a ese blanco abrumador y las manos temblorosas no reaccionan porque el cerebro, ya bien acostumbrado a reaccionar a los estímulos del pasado, no sabe qué hacer en mitad de tanta calma. El blanco páramo se limita a reflejar tu propio yo, te obliga a decidir el tono y ritmo del primer trazo. Para llegar a afrontar este agujero se tiene que asumir la torpeza del principiante sin prejuicios; las primeras frases van a ser inconexas, el primer registro va a costar sangre y el nacimiento de Lilith no es un resurgimiento limpio, es más bien un desgarro lento de la rutina. La única manera de llegar a vencer el lienzo es empezar a mancharlo, aunque sea rompiendo el papel.

Manchar el papel es un acto de profanación contra todo lo que me enseñaron a ser; durante años, intenté con una paciencia desgastada que mi forma encajara en la geometría de los moldes que otros habían diseñado para mí: tenía que ser la presencia digerible y predecible para el resto. Recuerdo perfectamente el inevitable desgaste de camuflar mis heridas, el asco de fingir una simpatía que a veces me mataba por dentro, me resultaba agotador forzar mi naturaleza para no asustar a los que solo saben habitar la superficialidad. 

Llega un momento ciego, quizás en medio de una madrugada, en el que te observas en tu propia trinchera y entiendes que ser domesticable es igual a una muerte en vida. El anterior pacto de sumisión se rompe cuando asumes el anatema. Aceptar este término es asumir una excomunión de manera consciente ya que es la expulsión definitiva del templo por negarse a comulgar con la doctrina oficial. Sé que el rebaño me colgará sus habituales etiquetas pero no hay victimismo en mi propio exilio, mi salida de su soñado Edén ha sido mi única opción de supervivencia.

 Lilith nunca ha sido concebida para ser la compañera dócil de nadie, Lilith ha sido creada para ser una anomalía, una extrañeza. Ha nacido de la verdad, lo que esto implica aceptar con orgullo que a partir de ahora voy a ser «demasiado».

Demasiado oscura, demasiado directa para sus medias tintas, demasiado libre para sus cadenas invisibles.

Quien busque una mascota obediente que mire en otra dirección, aquí solo queda una bestia que ha tenido que aprender a escribir su propio nombre en el vacío para poder vivir de nuevo.