"Como si pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio." -Julio Cortázar.
Hay acercamientos que son como un punto de inflexión, como una línea divisoria entre el pasado y el futuro. Existen momentos en los que una presencia inesperada irrumpe con tanta fuerza que destruye por completo esa tranquilidad rutinaria. No suele haber un aviso previo, simplemente la historia de nuevo aparece en el mapa vital y altera el orden de las cosas. Algo precioso acababa de comenzar.
Aquel impacto inicial no fue sutil, suave; no se ha disuelto en el ruido del día a día, más bien se ha instalado en el centro de mis pensamientos con una nitidez abrumadora que me asusta. Cuando alguien te toca el alma con esa intensidad, los detalles se graban en la memoria con una cristalina claridad casi mágica. Te descubres recordando las risas que os envuelven con una complicidad que se siente como un hogar; los recuerdos se convierten en un refugio mental al que el cerebro elige regresar cada vez que el ruido de afuera se apaga.
Aún recuerdo cómo nos mirábamos a los ojos, uno frente al otro, en la cama deshecha, mientras intentabas descifrar mis pensamientos, mientras yo solo pensaba en que te quedases conmigo. Adoro escuchar tu risa porque sé que en el fondo esperas la mía de vuelta. Estar a solas junto a ti es mi más preciado refugio, donde finalmente podemos quitarnos las máscaras de indiferencia, ser el uno con el otro, el alma pura, la caricia, el beso.
Lo maravilloso de una experiencia tan profunda como esta es la huella que deja tras de sí, cuando alguien expande tu mundo de esa manera, tu forma de mirar las cosas cambia. En ese instante, uno no piensa en el futuro, solo sabe que ha sido tocado por una historia única, que está dispuesto a guardarla como un tesoro en su memoria, volviendo a ella siempre que pueda.
A veces es inevitable volver a los lugares donde fuimos plenamente felices, el cerebro desarrolla una especie de imán hacia esos primeros capítulos de la historia, volvemos a ellos cuando es de madrugada, saboreamos las palabras que nos hicieron sonreír. Aquí es donde surge una pregunta que me lleva rondando estos últimos días: ¿cuántas veces se puede repetir una misma historia?, ¿cuántas veces es capaz el destino de volver a escribir la misma historia sobre el lienzo de la realidad?
Seguro que habéis oído hablar de los maravillosos hilos invisibles que nos unen; pensamos que cerramos capítulos y que las líneas se separan, sin embargo, el universo se empeña en volver a juntar a dos personas contra todo pronóstico una vez más. Da igual cuántas veces se interrumpa esta relación o por qué motivos, es como si en el fondo supiéramos que lo natural es estar unidos. Vemos la vida pasar, otro invierno más, esta vez no estaba a tu lado pero quizá en la próxima estación volvamos a estar unidos. Volver a coincidir a pesar de los giros de la vida, demuestra que existen conexiones que son inmunes al tiempo. Están ahí, latiendo en silencio en el fondo de cada reencuentro, recordándonos que hay historias que no importa cuántas veces se pausen, porque están condenadas a reanudarse.
Quizá la respuesta a mi pregunta es que la historia se puede repetir de manera infinita, porque está destinada a ser así; no hace falta entender el mecanismo del destino, ni poner etiquetas a lo que sentimos en esa dimensión que nosotros somos incapaces de medir. Basta con aceptar que a veces el universo decide borrar las distancias porque sabe que ese es el único lugar al que pertenecemos.
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