Entre la vida y yo hay un cristal tenue. Por más claramente que vea y comprenda la vida, no puedo tocarla. -Fernando Pessoa
Vivimos en la era de la perfección absoluta, una realidad sofocante donde el mundo exterior ha decidido aplicar las leyes de lo racional a los rincones más recónditos de nuestra intimidad. Debemos ser estructurados, medir y rentabilizar cada minuto del día. Sin embargo, el cortocircuito más peligroso de este fatigoso sistema es haber trasladado esta mentalidad de producción a nuestras entrañas. Así, nuestros duelos y giros del destino se gestionan con la misma prisa insulsa y la débil eficiencia con la que se entrega un trabajo en la universidad. Si algo te rompe internamente, se espera que pases por un proceso de sanación apresurado para volver a estar operativa cuanto antes.
Todo debe ser útil, si no no sirve. Cada herida tiene que convertirse inmediatamente en una lección de superación personal, de crecimiento espiritual o en una frase motivacional para archivar en el fondo de la memoria. Nos presionan para aprender la lección lo más rápido posible, como si nuestro sufrimiento fuera un examen que hay que aprobar para demostrar que somos emocionalmente eficientes. Si pasas semanas procesando algún evento traumático que te ha trastocado la vida, el mundo te empieza a mirar con una impaciencia mal disimulada. Para el sistema, tu melancolía prolongada es una pérdida de tiempo, un defecto de fábrica.
Desde mi búnker, debo rechazar por completo estos plazos tan abusivos. Me niego a aceptar la idea de que estar rota deba solucionarse a contrarreloj para mantener contento al entorno. Los impactos vitales no entienden de algoritmos de rendimiento ni de metas; pretender acelerar el ritmo del dolor para cumplir con las expectativas externas de una sociedad adicta es la mayor porquería que podemos cometer contra nuestra propia honestidad.
Reivindicar nuestro derecho al invierno más oscuro es el único acto de rebelión que nos queda. En un mundo que nos empuja constantemente hacia una plástica primavera, decidir encerrarse en la penumbra de la madrugada es una clara declaración de guerra al sistema. La tristeza es una anomalía a ojos de esta sociedad que debe corregirse como si fuera un virus. Parece como si la única forma aceptable de transitar por esta vida es ser inmune al impacto de las vivencias.
Mi búnker, por ejemplo, tiene sus propias estaciones y leyes. Hay algunas épocas en las que el frío mental se instala entre los ladrillos y lo único cuerdo es dejar que el invierno siga su curso. Hay ausencias que duelen en los huesos, silencios que nos pesan y recuerdos que regresan de manera inevitable en bucle.
No debo explicaciones a la prisa de nadie; si el universo nos decide poner a prueba, la mente necesita tiempo para procesarlo. Pasarse noches enteras pensando o saborear las palabras que una vez nos hicieron sonreír, no es perder el tiempo, más bien es habitar la verdad de lo que somos y hemos sido. Aquí en la oscuridad sabemos de sobra que primero hay que tener el valor de cruzar el invierno a solas, respetando los tiempos del alma. La salida del frío invierno es un proceso complicado, hay que asimilar el impacto de la tormenta primero.
A veces, la mayor demostración de poder es tener los ovarios de apagar los ojos, dejar nuestros demonios convivir con nosotros en la penumbra y permitir que se llene nuestra habitación de miedos. Hay que aprender a ser fieles a nuestros propios tiempos. La tiranía de la productividad emocional se logra disolver cuando dejamos de jugar bajo sus reglas; no debemos tener prisa por sanar; nos quedaremos aquí dentro hasta que el invierno decida disiparse. Hasta entonces, que sigan parpadeando las luces de emergencia.
Mi sistema sigue en standby y el silencio es el único código que pienso compilar esta noche.
-Lilith
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